
Introducción
Orígenes de Ginés Cano
Los preparativos del viaje a Buenos Aires de Ginés
La organización de la expedición
Enseres transportados al Nuevo Mundo en la expedición
El viaje por el Océano
La llegada a Buenos Aires
El viaje de Buenos Aires a Córdoba
La formación religiosa de Ginés Cano en Córdoba
¿Cómo era el viaje y la vida de los jesuitas en las misiones?
Pablo Cano en las misiones de la Provincia jesuitica del Paraguay
Pablo Cano, Coadjutor espiritual
Pablo Cano y los conflictos territoriales entre indígenas
El fallecimiento de Pablo Cano
Bibliografía
Ginés Cano, o Pablo como fue conocido en su tiempo, es uno de esos personajes que dio Bienservida y que adquirió cierta relevancia en la época en que vivió, aunque hoy prácticamente se le ha olvidado. Ginés fue un sacerdote jesuita nacido a mediados del siglo XVII, que durante treinta años desarrolló su labor misionera en las reducciones de la zona limítrofe entre lo que hoy son Paraguay, Uruguay, Brasil y Argentina.
Ginés Cano nació a mediados del siglo XVII, en una época de crisis en España caracterizada por las hambrunas, malas cosechas, epidemias, falta de higiene y un clima irregular, lo que dio lugar a una alta mortalidad y a una crisis demográfica, en la que también influyeron otros factores como las guerras o la emigración de hombres jóvenes a las Indias.
* Bienservida según el Censo de Campoflorido tenía 97 “vecinos útiles” en 1712. Utilizando la corrección propuesta Por J. Uztariz, por la que aplica primero un factor corrector de 1,25 para compensar las ocultaciones en el censo y uno de 5 para convertir el número de vecinos en habitantes, teniendo en cuenta que en los vecinos útiles desde el punto de vista fiscal no se incluía el clero ni los mendigos y se calculaban dos viudas por vecino, obtenemos esa cifra de 606 habitantes (Ver Instituto De Estadística de la Comunidad de Madrid. Censo de Campoflorido 1712).
Ginés Cano nació en Bienservida (Albacete). Respecto a su fecha de nacimiento existen algunas dudas que no hemos podido resolver, al haber desaparecido los registros parroquiales de la iglesia de San Bartolomé. En la carta que el Padre Salvador de Rojas escribe en el Pueblo de Borja (Paraguay) el 20 de Diciembre de 1708 al Padre Provincial de la Compañía de Jesús, describiendo el Estado general de las Doctrinas del Uruguay del ano de 1707 (VIANNA, p. 246), se indica como fecha de nacimiento de Ginés el 25 de noviembre de 1649. En otros documentos jesuitas, como el Catálogo de los jesuitas de la provincia del Paraguay (STORNI), la retrasa al 26 de febrero de 1650.
“…en el Reynado de el Señor Felipe Quarto, con tanta razon llamado el Grande, se consiguió la facultad para la fabrica. Dióse principio a ella en el año de mil seiscientos quarenta y slete; y con brevedad se dió la obra por concluida. Es Colegio pequeño, que de ordinario tiene tres Padres, y dos Coadjutores de morada. Ay Maestro de Gramatica; el que se sustenta á expensas de la Ciudad, que de sus rentas le tiene señalados alimentos.
El 15 de enero de 1673, a sus veintidós o veintitrés años, Ginés ingresó en la Compañía de Jesús y seguramente ya tendría decidido por entonces su viaje, sólo de ida, a las misiones del Paraguay a predicar la palabra de Dios entre los pueblos indígenas.
Con la mencionada patente, Ginés Cano compareció el 16 de septiembre de 1673 en el Colegio de San Hermenegildo de Sevilla ante el Semanero, el Sr. Tesorero Juez oficial de la Casa de Contratación, D. José de Veitia, junto con los que iban a ser sus compañeros de viaje a Buenos Aires: el Padre Cristóbal Altamirano, el Padre Simón Méndez, otros veintinueve religiosos y tres Hermanos coadjutores, todos de la Compañía de Jesús. En esta comparecencia se hizo un registro personal de los componentes de la expedición, donde se recogía una breve descripción física de todos los viajeros, mencionando especialmente aquellos rasgos diferenciadores que permitiesen comprobar la identidad de cada viajero, ya que en aquella época no existía ningún documento que la acreditase. De Ginés Cano se decía:
Por esas fechas, el Padre Cristóbal Altamirano, de la Compañía de Jesús, estaba organizando una expedición que tenía concedida desde el 20 de octubre de 1672 por la expedición de tres Cédulas reales, para llevar con él a treinta y cuatro religiosos a la provincia del Paraguay a expensas de la Real Hacienda de Buenos Aires. El viaje se haría en el navío Santa María Lubeque del Maestre Mateo Lozano, una nao de 433 toneladas, capitana de una flota de tres navíos de registro (naves propiedad de Miguel Gómez de Rivero) ; las otras dos se llamaban Nuestra Señora del Rosario y Nuestra Señora de la Soledad. Mateo Lozano, a su llegada al puerto, recibiría de los oficiales de la Real Hacienda de Buenos Aires 111 ducados de plata por religioso, lo mismo que se había pagado en misiones anteriores a Buenos Aires (cantidad ordenada por cédula de 29/8/1673, que en total ascendía a 3.885 Ducados de plata o lo que era lo mismo, 1.456.875 Maravedíes). En caso de que no hubiese dinero en dicha caja real, se ordenó se pagase de la Real Hacienda y Villa imperial de Potosí (30/10/1673).
El 30 de octubre de 1673, el Padre Altamirano registró en el navío Santa María de Lubeque las siguientes mercancías: cera, cuerpos de santos y reliquias, libros, una alfombra, lencería y papel. Todo ello estaba libre del pago de derechos de almojarifazgo (un impuesto al transporte de mercancías) por orden de la Reina por la Real Cédula del 15 de marzo, al destinarse a actividades de los religiosos. (AGI//Contratación 1223, N7)
El viaje a Buenos Aires era largo, se tardaba en completarlo de tres a cuatro meses y se recorrían unos 9.500 kilómetros por el Océano Atlántico, aprovechando las corrientes oceánicas y los vientos alisios. Se partía desde las costas de Cádiz, navegando hacia Canarias, desde allí a Cabo Verde y luego se atravesaba el Atlántico navegando hacia el SO hasta alcanzar Pernambuco, en el extremo oriental de Brasil, para luego bordear las costas de Brasil hasta el Río de la Plata.
Del viaje de Ginés desde Cádiz a Buenos Aires en 1674 no tenemos muchas noticias, pero sí de una expedición similar realizada en 1691, 17 años después, en la que viajaba el jesuita tirolés Antonio Sepp, A su llegada a Buenos Aires, Antonio escribe una carta a Alemania con una relación de lo acontecido en su viaje.
El 14 de marzo de 1674 se avistan en el Rio de la Plata tres navíos de la expedición que llevaba a Ginés Cano a Buenos Aires. Sólo uno de ellos llega al puerto, trayendo noticias de que la nao Santa María de Lubeque había encallado en su aproximación al puerto de Buenos Aires.
El viaje desde Buenos Aires a Córdoba se hacía en carretas y recorrer los 700 kilómetros que separan ambas ciudades llevaba aproximadamente treinta y cinco días. Las autoridades de Buenos Aires pusieron dificultades para preparar el traslado de los jesuitas, por lo que éstos hubieron de esperar dos meses hasta disponer de algunas carretas para el viaje, aunque no obtuvieron el número suficiente.
En Córdoba, Ginés Cano prosiguió con sus estudios y el 25 de enero de 1675 hizo sus primeros votos, a los dos años de ingresar en la Compañía de Jesús.
Ginés Cano precipitó la conclusión de su formación por órdenes de sus superiores que le pidieron que puesto que ya tenía una edad suficiente (27 años), aun cuando él era una persona con gran interés por los estudios, se ordenase como sacerdote. Esto le costó un gran pesar, pero aceptó las órdenes de la “Santa Obediencia”. Téngase en cuenta que la Compañía de Jesús, además de los tres tradicionales votos de pobreza, castidad y obediencia, tenía un cuarto voto de obediencia al Papa en asuntos de misión, por lo que sus miembros estaban disponibles para servir donde y cuando la Iglesia lo necesitase. (ver VIANNA, pp. 245-246).
No conocemos los detalles del viaje de Pablo Cano a su destino en las misiones, pero sí se conservan cartas que detallan cómo era ese viaje y la estancia en las reducciones jesuíticas, por ejemplo, la que el jesuita Antonio Betschon envía en 1719 desde Mártires, Paraguay a sus compañeros en Alemania (MÜHN, pp. 241-246).
Normalmente, en cada una de las treinta reducciones de la Provincia jesuita del Paraguay, había dos sacerdotes que no sólo se ocupaban de lo religioso; dependían de ellos corregidores o alcaldes, jueces y capitanes, cargos que se nombraban anualmente y también varios miles de indios, lo que no suponía un gran inconveniente, pues los indios tenían un gran aprecio por los misioneros. Algunas de estas autoridades se reunían diariamente al acabar la misa con el misionero que era el encargado de organizar el trabajo en la misión. Por la noche, después de rezar el Rosario, se presentaban ante él para darle cuentas de la actividad del día y también de quejas, litigios, etc. para que el sacerdote fallase una vez estudiado cada caso.
Bienservida no fue ajena a esta situación. La evolución de la población fue descendente hasta bien entrado el siglo XVIII:
Población de Bienservida (Albacete). Siglos XVI al XVIII.
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La depresión que sufrió España durante el siglo XVII sería más intensa en tierras como las de la Sierra de Alcaraz, donde la economía rural era prácticamente de subsistencia. Esto provocó que algunos vecinos viajasen a las Indias, unos en busca de fortuna y otros por vocación de servicio, como sería el caso de Ginés.
La monarquía española promovió la evangelización de aquellas tierras, pues estaba interesada en aumentar el número de súbditos de la corona, lo que se traducía directamente en ingresos. Para ello utilizó a la iglesia a través de sus distintas órdenes religiosas. Es particularmente interesante la historia de la presencia de la Compañía de Jesús en las misiones de la provincia jesuítica del Paraguay (un amplio territorio que comprende parte de los actuales países de Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Bolivia y Chile) y la evangelización de las cuencas altas de los ríos Paraná y Uruguay, de la que en parte fue protagonista el bienservideño Ginés Cano. En estas misiones crearon un modelo de sociedad basada en la religión, pero en ellas, además de enseñar el evangelio, se llevó a aquellos indios el conocimiento de la lectura y la escritura, de la música y de todos aquellos oficios necesarios para hacerles autosuficientes: la agricultura, la ganadería, la construcción, la elaboración de ropas... Y todo ello lo hicieron respetando su cultura, libertad y dignidad, utilizando su lengua y traduciendo libros y hasta partituras a los idiomas de los nativos. Los misioneros reprodujeron en las reducciones la organización administrativa de España (cabildos, corregidores, alcaldes, jueces…). En las misiones, aquellos religiosos llegados de Europa hacían de sacerdote pero también de maestro, de médico, de juez o de administrador y eran muy respetados por los guaraníes; de otra forma no habría sido posible la convivencia en una misión de únicamente dos sacerdotes con grupos de más de 5.000 indios.
De la vida de Ginés hemos podido encontrar algunos datos en diversas fuentes como el Archivo de Indias, las abundantes publicaciones de la Compañía de Jesús o en monografías de historia de Sudamérica, a partir de los cuales hemos elaborado esta biografía que sirve también como homenaje a un hombre que siendo joven dejó su pueblo para siempre y viajó a tierras desconocidas a servir a la iglesia y a los indígenas de aquellos lejanos territorios.
Principales lugares de sudamérica citados en la bigrafía de Ginés Cano.
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En cuanto a su nombre, es seguro que fue bautizado como Ginés Cano y así aparece en los registros de viajeros del Archivo de Indias. Sin embargo, parece que a partir de su ordenación como sacerdote jesuita en 1677, o quizá antes, al tomar sus primeros votos en Córdoba (Argentina) en 1675, adopta el nombre de Pablo Cano que ya siempre utilizaría.
No se sabe nada de sus primeros años, aunque su posterior ingreso en la Compañía de Jesús nos hace pensar que su formación pudo iniciarse en el entonces recién fundado colegio jesuita de Alcaraz (1647). Así describe Pérez de Pareja (Ver PEREZ DE PAREJA, E., p. 148) ese modesto colegio:
Fachada del colegio jesuita de Alcaraz (Albacete). 1647.
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Una semana más tarde, el 22 de enero obtuvo en Madrid la patente del Padre Andrés de Rada, Rector del Colegio Imperial, junto con otros tres compañeros jesuitas, entre ellos Bernardo de la Vega con el que coincidiría a lo largo de su vida en muchas ocasiones. La patente era una cédula que los cargos jesuitas, entre otros, emitían a favor de miembros de la Orden con el fin de acreditar su pertenencia a la misma y recoger instrucciones internas de la comunidad o establecer licencias que los superiores le concedían al interesado.
El término filósofo de la patente se refería a que Ginés era estudiante.
Ginés Cano, filósofo, de Bienservida, Arzobispado de Toledo; veintitrés años, moreno, pelo y barba negra poblada, con un hoyo en el carrillo del lado derecho.
En esas reales cédulas de 20 de octubre de 1672 S.M. autorizaba la vuelta del Padre Altamirano a la provincia del Paraguay -el P. Altamirano había viajado a España desde allí en 1670-, junto con su compañero Simón Méndez y llevar con ellos a 30 religiosos y tres hermanos coadjutores al puerto de Buenos Aires, con la condición de que al menos tres partes de ellos fueran españoles y la cuarta vasallos de la monarquía española en estados gobernados por la Casa de Austria. Estos últimos debían permanecer un año en Toledo conociendo las costumbres antes de pasar a las Indias.
En otra de esas cédulas se ordenaba que se pagase a Cristóbal Altamirano una suma de más de 340.000 maravedíes de plata “para el aviamiento de la misión”.
Por Real Cédula de 15 de marzo de 1673 se autorizó a Altamirano a llevar a Buenos Aires gran cantidad de enseres necesarios para las misiones, ya que muchos de ellos no se podían conseguir en el Nuevo Mundo.
Para la financiación del viaje se emitió una real cédula el 13 de mayo de 1673 por la que se ordena a los oficiales de la Real Hacienda de Potosí que, puesto que la Casa de Contratación no había abonado a Altamirano para aviamiento de la misión 977.828 maravedíes de vellón (equivalentes a los 340.706 maravedíes de plata) por falta de caudal en dicha casa, se libren de la caja real.
Pero, ¿por qué tenía el rey tanto interés en que la misión de treinta y cinco religiosos llegase a Buenos Aires?
En realidad, el rey Carlos II tenía 11 años en estas fechas y era el Consejo de Regencia y Mariana de Austria como Reina Gobernadora la que adoptaba esas decisiones. Todo procedía de una Real Cédula de 15 de noviembre de 1672 dirigida al Gobernador del Paraguay, por la que se le recuerda otra de 1661 que le obligaba a incorporar a la Corona a todos los indios de las reducciones jesuitas de la provincia del Paraguay y que todos ellos, desde los 14 hasta los 50 años de edad, tributasen a la Real Hacienda un peso de 8 reales de plata por seis años. Por tanto, cada indio de las misiones jesuitas generaba ingresos directos a la Real Hacienda y de ahí venía el interés de que expediciones jesuitas, como la que llevó a Ginés Cano a Buenos Aires, permitiesen ir ampliando los territorios controlados por nuevas misiones.
El 27 de noviembre de 1673 la expedición estaba lista en el Puntal de la Bahía de Cádiz “para que con el primero buen tiempo que hubiere salga a navegar” (Archivo General de Indias, CONTRATACION,1224,N.2,R.1 pg. 133). Viajaban a Buenos Aires más de doscientos soldados, los treinta y cinco religiosos jesuitas mencionados, y el Nuevo Gobernador de aquella plaza, Don Andrés de Robles junto con su familia, séquito y guardia.
Mapa de la bahía de Cádiz, perteneciente al "Blaeus Grooten Atlas" de 1664.
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/f/f2/Insula_Gaditana.jpg
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El Padre Francisco de Florencia, Procurador General de Indias de la Compañía de Jesús (quien que se encargaba en Sevilla de la preparación de los viajes de los misioneros a América), despachó a Buenos Aires el 30 de agosto de 1673 para entregar al Padre Altamirano al llegar a puerto varios cajones de libros, pinturas, vidrieras y ornamentos de iglesia, sombreros, herramientas de cocina, carpintería y herrería, elementos de botica , platos, vasos, paños y estameñas, etc. destinados al servicio de las iglesias, colegios y religiosos de la Compañía de Jesús. (AGI//Contratación 1224, N.2, R.1)
El Padre Juan de Caneda, jesuita Procurador General de la Provincia de Castilla, también despachó cajones de libros para entregar al Padre Altamirano o al Rector del Colegio jesuita de Buenos Aires para uso de los religiosos de la Provincia del Paraguay y, por tanto, también libres de derechos. (AGI//Contratación 1224, N.2, R.1)
Para que los religiosos viajaran con alguna comodidad, por la Real Cédula de 20 de octubre de 1672, en la que se concedía licencia para volver a Paraguay a Cristóbal Altamirano y los treinta y cuatro jesuitas que le acompañaban, se ordenaba que éstos fuesen bien acomodados, se les diese una cámara por cada cuatro o seis de ellos y llevaran consigo sus libros, vestuario, etc.
Según esta relación el viaje de Sepp a Buenos Aires se hizo en condiciones terribles, como muchos de los que se hacían por el océano en aquella época: el pan estaba duro como la piedra, sin salar y lleno de gusanos, el agua estaba racionada en cantidades muy escasas y estaba podrida y muy fétida, la carne también tenía gusanos, los camarotes eran muy pequeños, incluso había hermanos que tenían que dormir en el castillo de proa, con el peligro de poder caer al mar en un vaivén de la nave, había mosquitos, chinches, pulgas, piojos,…, aparte de la amenaza de piratas, tempestades o guerras. Así, cuando por fin avistaron Buenos Aires les supuso una enorme alegría, por haber salvado todas las dificultades. En estos viajes los pasajeros llegaban al límite de sus fuerzas, delgados y deshidratados.
El 15 de marzo se reúne el Cabildo de Buenos Aires (en realidad Buenos Aires se llamaba entonces Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre aunque con el tiempo adoptó el nombre de su puerto). En este cabildo se da cuenta de la carta que el Maestre de Campo Don Andrés de Robles les ha enviado. En ella comunica que Su Majestad le ha hecho Gobernador de esa plaza y que la nao en que viajaba -Santa María de Lubeque, la misma en que se trasladaba a América Ginés Cano- , efectivamente, estaba embarrancada en el Banco de Ortiz.
El Banco de Ortiz, en el que estaba varada la nao Santa María de Lubeque, es un banco de arena formado por los sedimentos depositados por los ríos Paraná y Uruguay en el Río de la Plata. Es una zona poco profunda que, como ocurrió en aquella ocasión, si por error de navegación se intenta atravesar con barcos de mucho calado, éstos corren el riesgo de encallar.
El 5 de abril de 1674, tras desembarcar en un riachuelo por el mal tiempo, los religiosos se trasladan al Colegio de la Compañía de Jesús en Buenos Aires donde se les reúne y son reconocidos por dos jueces oficiales de la Real Hacienda de las Provincias del Río de la Plata. Para ello fueron puestos en ala (semicircunferencia) alrededor de los jueces que los iban nombrando y comprobando las descripciones físicas que se habían anotado en la Casa de Contratación en Sevilla antes de su partida. (AGI, Contratación 2725 N3 R3)
A partir de ese momento, aquellos religiosos que tenían terminados sus estudios se trasladaron directamente a las misiones del Paraguay, mientras que los novicios habrían de viajar a Córdoba (entonces dependiente del Obispado de Tucumán) junto con el Padre Altamirano para terminar sus estudios de Filosofía o Teología en el Colegio Jesuita.
Las carretas que se utilizaban para esos traslados eran reducidas, de apenas de 2 metros por 1,50. La costumbre era que los sacerdotes viajaran solos en una carreta, mientras que los estudiantes lo hacían de dos en dos. Las autoridades bonaerenses, cuyo trato hacia los religiosos era muchas veces injusto, proporcionaron al Padre Altamirano 14 carretas. Como la expedición era de 33 religiosos, 5 de ellos sacerdotes, se habrían necesitado cinco carretas más, lo que obligó a varios de los estudiantes a viajar tres en cada carreta, con las consiguientes incomodidades para ellos (FÚRLONG, pp. 273-274).
Por tanto, si finalmente cada sacerdote ocupó una carreta, es seguro que Ginés Cano, por ser estudiante, atravesó la Pampa argentina camino de Córdoba en una carreta de 1,5 x 2 metros, apiñado junto a dos de sus compañeros a lo largo de treinta y cinco días.
Por Real Cédula de 14 de octubre de 1675, la Reina Gobernadora ordena a Andrés de Robles, Gobernador de Buenos Aires el pago de 1500 pesos por la conducción de los misioneros hasta Córdoba, o lo que es lo mismo, unos 45,5 pesos por viajero. La actitud de las autoridades hacia los religiosos provocó la reclamación del Padre Altamirano en lo tocante a la plata, pues la halló muy inferior a los gastos causados, así en Buenos Aires como en la conducción a las partes que les señaló el Provincial del Paraguay. Nada consiguió en esta ocasión Altamirano, pero sus quejas llevaron a la firma de una Real Cédula de 30 de septiembre de 1679 por la que se ordenaba al Gobernador de Buenos Aires que en lo sucesivo se atendiese mejor a los misioneros y se ordenaba también pagar 57 pesos por cada religioso jesuita por su estancia en Buenos Aires y su traslado a Córdoba u otra cuidad a similar distancia, cubriendo el coste del carruaje y de las provisiones necesarias.
El 7 de noviembre de 1677, tras finalizar sus estudios, tuvo lugar la ordenación sacerdotal de Ginés Cano, quien posiblemente en ese momento adoptó el nombre de Pablo. La ordenación fue celebrada por el Obispo de origen bogotano Francisco de Borja y Miguel, Obispo de Tucumán, cuya sede episcopal estaba entonces en Santiago del Estero, la ciudad más longeva de Argentina, fundada en 1553.
No hay duda de que Ginés y Pablo Cano son la misma persona porque en la documentación conservada sobre su viaje en el Archivo de Indias siempre aparece con su nombre de pila de Ginés, mientras que en las obras jesuitas que recogen la historia de la Compañía en aquellas tierras se le nombra como Pablo Cano, coincidiendo las fechas y compañeros de viaje, etc. lo que nos lleva a concluir que se trata de la misma persona.
El cambio de nombre era una práctica relativamente común en las órdenes religiosas. Cuando un joven tomaba los hábitos de una orden renunciaba a su identidad secular abandonando su nombre de nacimiento y adoptando otro normalmente de un santo con el que se identificaba; era un signo de humildad, de renuncia a la vida mundana y de su consagración al Servicio de Dios. El mismo fundador de la Compañía de Jesús, San Ignacio de Loyola renunció a su nombre de nacimiento, Iñigo. Quizá Ginés Cano adoptó el nombre de Pablo porque San Pablo simboliza la misión universal, pues San Pablo predicó incansablemente entre judíos y gentiles de Asia Menor, Grecia y Roma, por lo que es un modelo para los jesuitas. En aquella época la Compañía de Jesús evangelizó tierras de todo el mundo: desde el extremo Oriente en Asia, a África y las Américas.
En esa misma ceremonia se ordenaron sacerdotes junto con Pablo Cano tres más de los treinta y cinco religiosos de la expedición: José de Arce, Diego Ruiz y Bernardo de la Vega.
De ellos su compañero de viaje desde España, de estudios, de ordenación y de misión, el canario José de Arce, el llamado "Apóstol del Paraguay", un sacerdote que hablaba cinco lenguas indígenas y que fundó colegios y residencias propagando la fe cristiana por todos aquellos territorios, es mundialmente conocido porque la película “La Misión” (1986), que protagoniza Robert de Niro y Jeremy Irons, comienza recreando su martirio, cuando los indígenas arrojan a José de Arce, atado a una cruz, por las cataratas del Iguazú.
Con Bernardo de la Vega, como veremos, Pablo Cano también coincidió a lo largo de toda su vida. Bernardo fundará en 1690 la misión de San Lorenzo Mártir, en la que Pablo Cano ejerció su labor como sacerdote hasta 1700.
Una vez ordenado Pablo (Ginés) Cano, fue enviado a las misiones (entre Argentina, Paraguay y Brasil) donde permaneció 30 años hasta su fallecimiento.
Los sacerdotes jesuitas viajaban hasta las misiones por río, en grupos de barcas formadas cada una por dos o tres troncos bien atados sobre los que había una casita de quince por ocho pies (4,5 por 2,5 metros) con espacio para una cama, una mesa y un altar para decir misa. Conducían cada barca 25 indios equipados con arcos, flechas y armas de fuego para protegerse de indígenas hostiles. A la llegada a cada misión, después de muchos días de viaje y completarlo por tierra si era necesario, los padres jesuitas eran recibidos con arcos de triunfo verdes, danzas, música o salvas de armas de fuego. Muchas veces los indios acudían vestidos con ropas a la europea, como solían hacer en las grandes solemnidades. Después, en las iglesias se rezaba con los indios el Rosario, la Salve o se celebraba una misa.
Una vez instalados en la reducción, lo primero que hacían los religiosos era aprender el guaraní hasta que se les declaraba aptos para enseñar a los niños, lo que se conseguía en un mes y tras dos o tres meses más se les autorizaba a confesar y predicar en la lengua indígena. Para ello disponían de libros escritos por sacerdotes jesuitas que les ayudaban a aprender las lenguas nativas, como el manual de guaraní o el catecismo bilingüe que ilustran este texto, ambos escritos por el Padre Antonio Ruiz e impresos en Madrid. El que muchos de estos libros se imprimieran en Madrid motivaba que las expediciones a Buenos Aires cargaran en las bodegas de las naos muchos libros, como fue el caso de la del Padre Altamirano.
En las reducciones no había esperanza de salvación si se contraía una enfermedad grave, ya que no había médicos ni medicinas. Sin embargo, el carácter de los indios les hacía aceptar con tranquilidad estas circunstancias y recibir los sacramentos sin ninguna duda o miedo.
La Orden de Jesús ponía especial esmero en la formación de los jóvenes, centrada en la oración y el aprendizaje de la doctrina cristiana. Tenían gran facilidad para memorizar textos y también para aprender música y canto, pues además de esa buena memoria, tenían un fino oído y una gran capacidad para aprender obras complejas, además de una gran destreza para construir órganos, violines, y otros instrumentos musicales. Por los años en que Ginés Cano vivió en Yapeyú, el Padre tirolés Sepp llegó a crear un “conservatorio” en el que se enseñaba a los indígenas de la zona a cantar y también a tocar violines, órganos, arpas, guitarras, etc. e incluso a fabricar sus propios instrumentos.
Los indios eran muy hábiles en los trabajos manuales. No faltaban en las reducciones buenos pintores, albañiles, carpinteros, herreros, tejedores o escultores.
En lo religioso, había a diario misa por la mañana y rezo del Rosario por la noche y los domingos todo el pueblo recitaba durante media hora doctrina cristiana y se les explicaba algún artículo de fe, tras lo que se les preguntaba, tanto a hombres como a mujeres y niños, para comprobar que lo habían entendido.
En cuanto a la forma de vida de los indios el misionero se ocupaba de que se les suministrase carne todos los días y ropa una o dos veces al año. Cada familia disponía de una huerta que se le entregaba gratuitamente y cuyos frutos correspondían a la familia. Para su cultivo, cada padre de familia disponía de seis meses de tiempo y del común se le prestaban bueyes para labrarla. Pero esas reglas chocaban con el carácter de los nativos: muchos no labraban, eran capaces de matar al buey prestado para comérselo cuando ya no lo necesitaban, podían quemar el arado si necesitaban leña para asar la carne y después podían pasar toda la noche comiendo. Los guaraníes eran conocidos por su portentosa voracidad.
Los indígenas eran muy pobres, no tenían idea de acumular riquezas ni posesiones, sus ropas eran de algodón, se sentaban en el suelo y dormían también en él sobre una piel de vaca o a veces en una red atada a dos árboles. Con frecuencia sus pertenencias no eran mucho más que un cuchillo y unas espuelas.
El clima no era sano para los misioneros, pues tan pronto podían venir grandes calores con los vientos del norte como un frío penetrante, incluso en verano, si el viento soplaba del sur.
El número de misioneros era muy escaso para atender las necesidades de los más de 100.000 indios que vivían en las reducciones. Se conservan numerosas cartas solicitando la llegada de nuevos sacerdotes, como la que el Obispo de Tucumán envió a S.M. el 21 de enero 1676. En ella explicaba que habiendo recorrido más de 400 leguas (2.200 kms) había constatado la necesidad de la llegada de más sacerdotes, siendo los de la Compañía de Jesús los que mejor atendían lo que allí se necesitaba, pues enseñaban a los niños a leer, escribir, gramática y buenas letras y Ciencias Mayores en la ciudad de Córdoba, en la única universidad de las provincias de Tucumán, Paraguay y Río de la Plata. Los religiosos visitaban todos los lugares donde vivieran indígenas cristianos, siendo sólo en Córdoba unas 600 haciendas, por lo que recorrían al año más de 500 leguas (unos 2.800 kms), además de evangelizar a indígenas infieles, de lo que se ocupaban sólo dos sacerdotes. Además muchos religiosos habían muerto o eran viejos y con achaques contraídos en aquellas tierras, por lo que solicitaba la llegada de treinta nuevos sacerdotes.
Se conservan otras cartas similares como la de 1679 del Procurador General de la Compañía de Jesús pidiendo 60 sacerdotes para las provincias de Paraguay, Buenos Aires y Tucumán, la del Gobernador Andrés de Robles pidiendo 25 o los 30 que solicitaba el Gobernador de Paraguay en 1678.
Mapa de las gobernaciones de Paraguay y Buenos Aires. José Cardiel, 1752
(https://www.mcu.es/ccbae//es/consulta/registro.do?id=176765)
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Tras siete años en las misiones, el 2 de febrero de 1685, Pablo obtuvo sus votos como padre coadjutor espiritual en la ciudad de Asunción junto con Bernardo de la Vega, compañero de viajes, estudios y misión desde los tiempos en que estaban en Madrid en enero de 1673. (VIANNA, p. 245).
Un coadjutor espiritual era un sacerdote jesuita que había realizado unos estudios más cortos, basados en una preparación práctica y se dedicaban a asistir a los sacerdotes jesuitas profesos. Su papel era importante en la reducción, aunque distinto al del padre sacerdote, desempeñando funciones más prácticas y trabajando con los indígenas. Un coadjutor, como lo fue Pablo Cano, se ocupaba de:
Tareas administrativas como el control de las cosechas y de la producción de la misión, el reparto de alimentos o la gestión de los recursos, de los campos de cultivo, de los talleres, etc.
Formación de los indígenas, tanto enseñándoles a leer y escribir, como en la doctrina cristiana, en el conocimiento del catecismo, etc. También se ocupaban de enseñarles oficios necesarios en la misión, como tejedores, herreros, carpinteros, …
Organizar y supervisar las actividades agrícolas, ganaderas o artesanas, buscando la autosuficiencia de las misiones.
También se encargaban de las relaciones con los guaraníes, de atender sus necesidades o de adaptar las enseñanzas de la iglesia a la lengua y cultura guaraní.
Pero la labor de los padres jesuitas no se limitaba a cuestiones religiosas u organizativas de las misiones, sino que también alcanzaba la mediación entre los indígenas en sus conflictos territoriales. En este sentido, tenemos diversas noticias de la actividad de Pablo Cano en aquéllas tierras.
En 1700 Pablo dejó la Doctrina de San Lorenzo, que había sido fundada en 1690 por su compañero el Padre Bernardo de la Vega, trasladándose a la de Santa María, donde estuvo unos años, hasta que se retiró a Yapeyú, lugar en que fallecería poco después de llegar.
El Padre Cano, viendo próxima su muerte decidió trasladarse de Santa María a Yapeyú, donde fallecería el 10 de abril de 1707, al poco de llegar. Yapeyú (hoy perteneciente a Corrientes, Argentina), por entonces era una misión llamada Nuestra Señora de los Reyes de Yapeyú, que años más tarde sería la patria chica de José de San Martín, libertador de Argentina y Chile, uno de los principales protagonistas en la independencia de las naciones hispanoamericanas.
Pretendió el Cabildo de San Nicolás que Pablo Cano se trasladase a su misión como cura y no a Yapeyú, incluso enviando una embajada para convencerlo, pero no lo consiguió.
“Pero el Padre tubo por mejor retirarse, à disponerse para una buena muerte: ofreciose el mismo al Superior para ir à ser Compañero del Yapeyú, donde sabia que el temple no le era mui favorable; pero veia que la necesidad instaba. Y cuando hizo este camino, dijo à alguno de sus confidentes, lo que el corazon le dictaba: que iba al Yapeyú à morir. Como sucedio en realidad; que tomado un poco de suero, que solia, para facilitar el ordinario regimen, esta vez le relaxo de suerte, que dió en breve cabo de su vida, siempre en su entero juicio, hasta la ultima boqueada, de suerte que no solo recibió los Sacramentos con toda advertencia, y devocion, sino que respondio à la recomendacion del alma, y eran tan fervorosos sus actos, que afirma el Padre Cura, que le asistió, que podian enternecer á las piedras.”
A lo largo de los 30 años que permaneció en las misiones del Paraguay, Pablo Cano fue ejemplo para todos sus compañeros, que así se lo reconocieron en el tiempo de su muerte. En la bibliografía portuguesa (PORTO, p. 69) se dice de él lo siguiente:
“Allí murió …, rodeado de las bendiciones de sus catecúmenos y de la admiración de los demás Padres, a quienes legó ejemplos de sólida virtud.”
También coincidieron en su muerte su compañero de misión, el padre Bernardo de la Vega, que falleció en Buenos Aires el 4 de abril de 1707 y Pablo Cano que lo hizo sólo seis días después, el 10 de abril de 1707 en Yapeyú, como también habían ingresado en la orden con sólo dieciocho días de diferencia, viajando a Sudamérica en la misma expedición del Padre Altamirano, estudiando en Córdoba (Argentina) y ordenándose juntos, etc., lo que había forjado entre ellos una sólida amistad.
Acuerdos del Extinguido Cabildo de Buenos Aires. Publicados bajo la dirección del archivero de la Nación, José Juan Biedma. Tomo XIV – Libros IX y X. Años 1673 a 1676. Buenos Aires: Archivo General de la Nación, 1916.
Manual de la lengua guaraní. P. Antonio Ruiz, 1640
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Pablo Cano fue uno de los consultores y jueces que intervinieron a finales del siglo XVII en un largo litigio entre los pueblos de Yapeyú y Asunción del Mbororé, que se había segregado de Yapeyú en 1657. En 1663 se inicia un pleito en el que se trataba de dirimir si se debía tener en cuenta el Derecho natural de los indígenas de Yapeyú sobre las tierras que históricamente habían ocupado o si por el contrario prevalecía la decisión responsable de los yapeyuanos de ceder este territorio, aunque hubiese sido a propuesta de los misioneros y, por tanto, no podían negar la validez del acuerdo (LEVINTON, pp. 39,40).
En 1696 surge otro pleito territorial en el que interviene decisivamente el Padre Cano y que conocemos porque parte de la documentación es transcrita por Helio Vianna (VIANNA, pp. 45-53).
El origen del conflicto está en la solicitud que el Padre Ángelo de Petragrasa, del pueblo de Concepción, envía al Padre Superior para que agregase a los Yerbales del Nucora, del mencionado pueblo, algunos montes y tierras cercanas, lo que impediría el acceso de otros pueblos limítrofes a la corta de leña para la construcción de iglesias, fabricar canoas, etc. El pueblo más perjudicado, San Javier, reclama contra esta petición y se le consulta entre otros al Padre Cano, que se opone a esa decisión. El Padre Superior quiso tranquilizarlo diciéndole que el Padre Petragrasa no pretendía esas tierras, pero lo cierto es que con engaños, la Concepción consiguió la anexión de las tierras. Esa nota recibida por el Padre Cano fue utilizada como prueba de la ilegitimidad de la decisión a lo largo del litigio.
Avanzado el pleito, se envió a varios sacerdotes a examinar sobre el terreno ese territorio, pero sin llegar a recorrer las tierras declararon que pertenecían a la Concepción. Mandó luego el Padre Provincial una nueva expedición, pero se alegó que había que andar muchos días a pie por serranías entre víboras y tigres y no se llevó a cabo. Es entonces cuando el pueblo de San Javier pide que Pablo Cano visitase la zona y, aunque tampoco llegó a hacerse la visita, sin duda es prueba del prestigio que ya en aquel momento tenía el bienservideño.
Finalmente, basándose en el Derecho natural, se falla que se devuelvan esas tierras eran a San Javier por tener “más antiguo y mejor derecho” a lo largo ya de cuarenta o cincuenta años, como había defendido desde el principio Pablo Cano.
Salto Pirapo, cerca de la misión Santa María (wikimedia.org).
En 1701, Pablo Cano protagonizó unos hechos que pudieron costarle la vida y que dieron lugar a una “guerra” entre guaraníes (cristianos) y otros indígenas “infieles” (SERRES, pp. 333-344).
El gran valor que tenían los caballos y el ganado provocó muchos conflictos entre pueblos indígenas, ya que los llamados grupos “infieles” creían tener derechos sobre el territorio y el ganado de las misiones. Así, en 1701, el rancho San José de la misión de Yapeyú fue atacado y tomado durante varios meses por un grupo de unos setecientos indígenas “infieles” armados y con muchos caballos. Los atacantes se apoderaron de unas 20.000 cabezas de ganado, armas y los caballos del rancho y amenazaban con atacar los pueblos de Yapeyú y La Cruz.
En esas circunstancias, el Padre Cano se dirigió a los atacantes para hablarles de paz, pero la respuesta que recibió fue la muerte de cuarenta y dos de sus hombres, resultando heridos más de cuarenta. Además le arrebataron un altar portátil que llevaba y lo destruyeron, quemaron la iglesia de San José, lancearon las imágenes de la Virgen y de San Ignacio, agujerearon la patena y la colgaron de un caballo y se burlaron del sacerdote vistiéndose con su alba y estola.
Estos sucesos llevaron a varios padres jesuitas, entre otros al vallisoletano Bernardo de la Vega, amigo personal de Pablo Cano, a emitir varios dictámenes apoyando una guerra legítima contra los infieles, a los que calificaban de apóstatas y hechiceros.
Pero también había otras razones más pragmáticas que aconsejaban detener esas invasiones aplicando la fuerza, como era el desabastecimiento de la población de las misiones, la interrupción de las rutas comerciales o el apoyo a estos grupos indígenas de españoles fugitivos, ladrones de ganado, o de portugueses con intereses expansionistas.
Ruinas de una vivienda jesuítica en Yapeyú (https://commons.wikimedia.org)
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En la mencionada carta del Padre Salvador de Rojas se relata cómo fueron los últimos días de Pablo:
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Archivo General de Indias (AGI):
AGI//CONTRATACION,1223,N.7 (1673) Registro de ida del navío 'Nuestra Señora de Lubeque', de cuatrocientas treinta y tres toneladas, maestre Mateo Lozano, que salió de la bahía de Cádiz, del paraje del Puntal, como nao capitana de los tres navíos de registro que van con el general Miguel Gómez de Rivero, caballero de la Orden de Santiago y gobernador de los mismos, para Buenos Aires. [https://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/description/103764?nm]
AGI//CONTRATACION,1224,N.2,R.1 (1673) Registro de ida del navío 'Nuestra Señora de Lubeque', de cuatrocientas treinta y tres toneladas, maestre Mateo Lozano, que salió de la bahía de Cádiz, del paraje del Puntal, como nao capitana de los tres navíos de registro que van con el general Miguel Gómez de Rivero, caballero de la Orden de Santiago y gobernador de los mismos, para Buenos Aires. [https://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/description/103764?nm]
AGI//CONTRATACION,1224,N.2,R.2 (1673) Registro de ida del navío 'Nuestra Señora de la Soledad', de trescientas cincuenta y nueve toneladas, maestre Domingo González, que salió de la bahía de Cádiz, como uno de los tres navios de registro que van con el general Miguel Gómez de Rivero, caballero de la Orden de Santiago y gobernador de los mismos, para Buenos Aires. [https://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/description/103765?nm]
AGI//CONTRATACION,1224,N.2,R.3 (1673) Registros de mercancias del navío 'Nuestra Señora del Rosario y San José', maestre Sebastián de Mendiola, que salió de la bahía de Cádiz, como uno de los tres navios de registro que van con el general Miguel Gómez de Rivero, caballero de la Orden de Santiago y gobernador de los mismos, para Buenos Aires. [https://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/description/103766?nm]
AGI//CONTRATACION,2725,N.3,R.3 (1673), fol 112v-122v Organización de la expedición
AGI//CONTRATACION,2725,N.3,R.3 (1673), fol 54r-67v Carga de la expedición
AGI//CONTRATACION,5439,N.158 (1673) (Expedicion de Altamirano en folios 28r y 28v) [https://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/description/152333?nm]
AGI//CONTRATACION,5540A,L.1 (1673) : Pasajeros a Indias (nombres delos jesuitas de la expedición en folio 291r) [https://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/description/167307?nm]
AGI/24//BUENOS_AIRES,3,L.9,F.18R-19R (14-10-1675) Real Cédula al maestre de campo don Andrés de Robles, caballero de la orden de Santiago, gobernador ycapitán general de las provincias del Río de la Plata. Manda que haga pagar a Cristóbal Altamirano, de la Compañía de Jesús, 1.500 pesos de a 8 reales deplata (408.000 maravedíes) por el transporte y avío de la misión de 35 religiosos que llevó desde el puerto de Buenos Aires a la ciudad de Córdoba de Tucumán
Película La misión (1986):
Trailer subtitulado: https://youtu.be/ghyLx-KmQ4M
Trailer original: https://www.youtube.com/watch?v=o7aTvYJBHw4
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